El duelo es el proceso de elaboración de una pérdida, que permite que nos adaptemos a la propia situación interna y externa ante una nueva realidad.
La realidad por excelencia que pone en marcha este funcionamiento de elaboración es la muerte. Aun así, no tan sólo se pierde a través de la muerte, sino a través de los cambios que se producen en la vida y en nuestro propio cuerpo, a través de las separaciones...
En el ámbito geriátrico en el que trabajamos, las pérdidas más significativa son las relacionadas con la salud y la muerte. Este inicio de año, por ejemplo, ha sido duro para todos en nuestro centro, pues la muerte ha estado muy presente.
La muerte es un concepto que intentamos mantener silenciado en la medida de lo posible: resulta incómodo hablar de ello. No tenemos una actitud abierta y aclaratoria ante la muerte, sino todo lo contrario, la rechazamos, la apartamos de nuestra vida. En cierto modo, es por este motivo que se vive la muerte con tanto agobio y dolor, porque no la tenemos naturalizada. La muerte no deja de ser parte inherente de la vida, y técnicamente es una inspiración que ya no se da. Es todo el misterio que la envuelve y el desconocimiento lo que hace que la temamos.
Pero más que la muerte, aquello que nos da más miedo es el sufrimiento en la última etapa de la vida que nos conduce a este destino; es la enfermedad, el no ser consciente de uno mismo. Y si además, añadimos a todo este proceso la carga de no poder expresar nuestros miedos, nuestras emociones, porque no resulta "educado" hablar de estos temas, nos acabamos quedando solos y relegados al silencio.
Es necesario saber que cuando se habla de la muerte con franqueza y honestidad, pero dentro de un ambiente donde se hace todo lo posible por tener bajo control el dolor, no se crea ninguna atmósfera morbosa ni de incomodidad, sino que se puede dar vía libre a todas las emociones y dar vida hasta el final.





Residencia Santa María del Tura